El imperativo del hambre

23/03/13

El jueves, parecía que los avatares del dólar dejaban en segundo plano el aluvión informativo y la emoción desatada por el advenimiento del Papa Francisco. En el campo había cierta preocupación, ya que varios comunicadores de renombre responsabilizaban a los chacareros de la falta de divisas por “encanutar la soja”.

Una tontería, porque la liquidación de dólares por parte de los exportadores tendía a normalizarse, al ritmo del avance de la cosecha. Tanto, que Guillermo Moreno abrió inesperadamente un cupo extra de exportación por 2 millones de toneladas de maíz “porque se están portando bien”.

En el medio de ese fárrago con foco en el dólar, un lúcido agro-tuitero de la primera hora, @contalito, sentenció que la nota del día era la publicada por el Southwest Farm Press, donde se titulaba que el Vaticano era “un soporte peso pesado de los cultivos transgénicos”. Nos hizo volver a la mirada de faros largos.

El artículo recuerda que el Papa Francisco es un técnico químico, recibido antes de iniciar su carrera eclesiástica. Y enseguida dice: “viene de la Argentina, cuyos productores recalaron fuertemente en cultivos genéticamente mejorados (GMO). Y profesa una fuerte preocupación por los pobres, quienes son los que tienen más para ganar con el crecimiento de la producción de alimentos”.

Remarca más adelante que la Pontificia Academia de Ciencias, organizó en 2009 una conferencia sobre biotecnología agrícola. Al cabo del evento, sentenció que “hay un imperativo moral para hacer que los beneficios de la ingeniería genética estén disponibles en gran escala para las poblaciones más pobres y vulnerables, de modo que les permitan mejorar su standard de vida, mejorar su salud y proteger el medio ambiente”.

La prioridad del Papa Francisco es la pobreza. Y quien habla de menos pobreza habla de más comida. El ministro de Ciencia y Técnica del primer ministro británico David Cameron acaba de sacar un documento en el que señala que para alimentar a los 10.000 millones de habitantes que habrá en 2050, será necesario un enorme salto de productividad. Y además habrá que resolver los desafíos del cambio climático, con más incidencia de sequías y salinización del agua.

Casi simultáneamente, el departamento de Agricultura de los EE.UU. daba cuenta que por primera vez en esta campaña, habrá más cultivos OGM en los países en vías de desarrollo que en los desarrollados. En especial en Sudamérica, la enorme reserva mundial de alimentos. Francisco es el primer Papa sudamericano.

La Vieja Europa, aturdida por el pesimismo verde, se convirtió en un nido tecnofóbico. Pero hace un par de meses llegó el arrepentimiento de Mark Lynas, el periodista inglés que lideró el combate contra la biotecnología en los 90. “Confieso que mis opiniones fueron equivocadas, porque no se basaron en ciencia sana”. Y reconoció que gracias a los transgénicos, no solo se incrementó la producción sino que se redujo el uso de insecticidas. “Ninguna de las catástrofes que imaginábamos tuvo lugar”, sentenció, y convocó a otros militantes de organizaciones ecologistas a sumarse a una visión más científica y menos emocional.

En Roma está también la sede de la FAO. Al frente de la organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación está Graziano Da Silva, un brasileño que se ganó el lugar por el éxito de la política de hambre cero que él implementó cuando fue ministro del ex presidente Lula. Una interesante vecindad para la gran misión de resolver el hambre que aún campea en el planeta.

En la Argentina, el campo está en pie de guerra. Tiene sus razones. Pero a diferencia de otras épocas, los problemas son exclusivamente internos. El mundo, lejos de caerse encima, es ahora una oportunidad mucho más amplia que quince días atrás.

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