"Abusos que disipan valor" Editorial de Héctor Huergo en Clarín Rural del 10 de octubre de 2015

 

La peor consecuencia del abuso de la cadena nacional por parte de la presidenta Cristina Kirchner es la disipación de valor de sus anuncios. Es lo que pasó esta semana con la aprobación de los primeros eventos biotecnológicos obtenidos en el país: el HB4 de Bioceres-Indear, de tolerancia a sequía en soja, y el PVY -de Tecnoplant, una empresa vinculada al laboratorio nacional Sidus- para virus en papa.

 

El hecho tiene enorme trascendencia, no sólo por lo que estos eventos implican en sí mismo, sino porque revela lo que puede lograrse cuando se articulan los recursos del sistema público de investigación con la demanda de la economía real. Es un mecanismo de tracción desde la demanda, en este caso los productores del agro, lo que permite orientar los recursos (públicos y privados) hacia fines concretos.

 

Hay un elemento adicional: en biotecnología, la Argentina desarrolló un sofisticado y potente sistema de desregulación. Esto ha sido, objetivamente, una política de Estado: se inició en los 90 y se fue consolidando sin prisa y sin pausa. Hoy goza de enorme prestigio internacional y constituye un espejo en el que se miran todos los países que quieren avanzar por este sendero.

Es una ventaja competitiva que ha sabido construir el país, a pesar de todos sus vaivenes y dislates. Debe perdurar.
Pero hasta ahora el sistema regulatorio sólo había liberado eventos obtenidos en el exterior. Desde esta semana, el instrumento se revela como una palanca clave para el desarrollo de biotecnología nacional.

 

Vayamos al grano… Muchos en el campo no conocen la génesis del evento HB4 de tolerancia a stress en soja. Es un desarrollo de la investigadora Raquel Chan, del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral, un centro creado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Argentina (Conicet) y la Universidad Nacional del Litoral (UNL). Pero había que validarlo a campo, e iniciar el costoso proceso de autorización, patentamiento y colocación en el mercado.

 

Para ello, se asocia con Bioceres, una empresa creada hace diez años por un puñado de productores líderes, y que luego fue abriendo su capital permitiendo el ingreso de más socios y recursos. Hoy la integran más de 250 accionistas que han invertido mucho dinero. Entre ellos, Arcadia, de Silicon Valley, que además de constituirse en accionista, se puso al hombro el proceso de aprobación en los Estados Unidos, que avanza con paso firme. 

 

Hace tres años, cuando la sequía hacía estragos en todo el Medio Oeste norteamericano, tuvimos oportunidad de ver plots donde se destacaban nítidamente los surcos sembrados con variedades testigo transformadas con “Verdeca”, el nombre comercial del evento HB4.

 

Su mayor beneficio no es la posibilidad de ampliar el área sojera a zonas áridas. Lo realmente importante es que le dará estabilidad a los altos rindes potenciales en las zonas tradicionales de cultivo.

 

Los beneficios se repartirán, como corresponde, entre los usuarios (los productores) y los obtentores. Y aquí viene la otra gran cuestión: en la Argentina la investigación en semillas está trabada por la calamidad de la “bolsa blanca”. Este año, la semilla de soja certificada que sembrarán los productores es apenas el 10% del total.

 

El derecho al “uso propio” se convirtió en otro abuso, y no son los “pequeños productores” sino que hay verdaderas organizaciones que se dedican a vender como semilla lo que compran como grano. Así, convertimos ventajas competitivas en un desaguisado criollo. Se termina.

 

En la industria periodística estamos acostumbrados al “copyright”, donde por publicar una foto ajena se negocia con su autor o con quien haya adquirido sus derechos.

 

Aquí, debiera ser lo mismo: la propiedad intelectual es en buena medida el salario del creador.

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